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Diciembre 2011
La Reflexión
HOY NO HABLAREMOS DE LA CRISIS

Hoy vamos a hablar de las crisis porque LA CRISIS, como demonio universal hacedor de todos los males, no existe. Existe, eso sí, una infinidad de especímenes de crisis desencadenados por aquella causa económica original cuyos efectos están siendo demoledores para los individuos, las familias, las empresas, las instituciones y los gobiernos.

Los deudores no pagan, los acreedores no cobran y como todos somos deudores y acreedores a la vez, no pagamos porque no cobramos. Desde el individuo hasta el Estado. Parece como si el dinero hubiese desaparecido, lo que no es verdad. Actualmente hay más dinero en circulación que hace cinco años. Nos referimos a dinero tangible, que se puede tocar, perceptible al tacto –aclara el diccionario, efectivo, legal– según la doctrina económica. El “otro dinero”, el que nos habíamos “inventado” y sobre el cual creamos un espejismo de falsa riqueza, está detenido, aparcado en las listas de morosos de las empresas, de los bancos… y en los juzgados. Sólo en los juzgados de Catalunya –y los citamos como ejemplo por tenerlos a mano– se están despachando causas por un importe de 54.000 millones de euros, el equivalente al presupuesto de la Generalitat Catalana, casi la quinta parte del Presupuesto del Estado. Y como el de Catalunya no debe ser un caso excepcional, una somera elucubración podría llevarnos a la suma de 300.000 millones de euros. 

Hay que reconocer que con estos 300.000 millones de euros en circulación muchos deudores pagarían y, muchos acreedores cobrarían, pero ¡ay! este dinero no existe como tal. Se encuentra en forma de activos a realizar, valores intangibles fuera de la circulación como dinero efectivo, ése que constituye, como define Peter Harten, “la sangre que circula por el organismo de una economía”.

Ignoro la proporción que en estos momentos debe existir, de dinero tangible respecto al intangible. Algunos autores aventuran la relación de 1:6, o sea una parte tangible y seis intangible. De ser así, el 85 por ciento de nuestra “sangre” estaría detenida y el 15 por ciento restante no bastaría para evitar el colapso.

Y en eso estamos. De la crisis hemos pasado a las crisis. De creernos más ricos de lo que éramos ahora corremos el riesgo de creernos más pobres de lo que somos. Ambas consideraciones son imperfectas. Sólo sirven para la reflexión –que no es poco- si esta reflexión conduce a adoptar normas de conducta más saludables en futuros comportamientos. A todos los niveles. Del individual al estatal. Las entidades financieras cuya política de créditos contribuyó no poco a la ilusión de la paradisíaca sociedad del bienestar, así están ellas: los bancos moviéndose como funámbulos en la cuerda floja de los índices de seguridad, y las cajas de ahorro liquidadas literalmente –y pronto, muy pronto definitivamente- como piezas innecesarias del tiovivo económico. (Por cierto, y ustedes perdonen, está claro que los bancos pertenecen a su accionariado, pero, ¿de quién son las cajas?).

Puesto que el organismo precisa de que la sangre circule, los individuos, las familias, las empresas, las instituciones y los Estados, repetimos, necesitan la “sangre” del dinero para resolver sus crisis y sobrevivir. No ya para invertir en grandes proyectos sino, simple y llanamente, para pagar sus deudas. Casi no importan los altos intereses exigidos
por los prestamistas si se puede obtener un plazo largo para devolver el principal. La consigna es ganar tiempo. Tanto para el individuo como para el Estado.

Ya han aparecido los grandes prestamistas. China a la cabeza, cuya reserva de divisas valorada en 3,2 billones de dólares (2,3 billones  de euros), la mayor del mundo, se ha lanzado a comprar bonos de deuda pública de países europeos en crisis. Rusia, en segundo lugar, invirtiendo principalmente en empresas públicas y privadas de Europa y América (EE.UU. incluidos). Los países productores de petróleo, con Noruega (Olgefondet) como revelación, que ha invertido cerca de 20.000 millones de euros en forma de participaciones de los bancos de Sabadell y Santander, de las empresas Repsol e Iberdrola y de la Generalitat de Catalunya y la Comunidad Valenciana.

El mundo se rinde al dinero efectivo, constante y sonante como decían nuestros antepasados. Klaus Regling, presidente del Fondo Europeo de Rescate, revelaba no hace mucho que el 40 por ciento del Fondo está en manos de compradores asiáticos, y el restante 60 por ciento de inversores no asiáticos.

Probablemente nos encontramos ante la mayor hipoteca de la Historia, los efectos de la cual pueden salvar a los países occidentales…. O hundirlos irremisiblemente. Habrá que esperar. Los que presumen de tener “otras” soluciones, mienten, pues de ser cierto ya estarían trabajando para la Administración de Obama.

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